El humo del cigarrillo se hacía cada vez más demso, opacando la luz que se vaciaba sobre nuestra mesa desde la lámpara del techo. Afuera, una fuerte lluvia vuelve fantasmas las calles de la ciudad. Miré el reloj, faltaban treinta y dos minutos para la medianoche. A mi al rededor la misma calidad de basura humana a la que ahora pertenezco: divorciador abogados, vendedores de autos, recolectores de impuestos, fracasadas actrices que ahora sólo hacen de meseras. Todos tan predecibles. Todos tan monótonos, tan poco interesantes que ahora ya no tienen ningún secreto que resguardar. El único que no encajaba ahí era Raúl. Impredecible, misterioso, poco probable. De esos elementos del sistema que se encuentran más hacia los bordes de éste que hacia el centro. De esas personas que no te afectaría demasiado enterarte de su muerte, y que de hecho, muy pocas personas sabrían quién había sido.
Hace unos cinco minutos se había ido y ahora regresaba el gerente del lugar, Mateo Cano, según decía su gafete de presentación, para informarme que los filetes por hoy se habían terminado, pero que a cambio el restaurante estaba dispuesto a ofrecerme una orden de patatas fritas para acompañar mi cena sustituta. Accedí por supuesto.
Tendría ya como medio año que no veía al bastardo, época en la cual no presentaba esa desagradable cicatriz al lado izquierdo de su cara, producto, según él, de una riña en un bar sin nombre a las afueras de la ciudad. Por su aspecto elegante, cosntrastado con unos ojos cristalinos y un temperamento cambiante, fácilmente cualquiera deduciría que se trata de un adicto a alguna droga, posiblemente cocaína. En parte tendrían razón: sí era adicto, pero su adicción va más allá de cualquier fármaco.
-Te juro que lo haré Rick. No me importa lo que pienses.
Ahora ya no me extraña verlo así, pero lo cierto es que hubo una época en la que este sujeto tuvo una vida decente (por no decir normal). Hubo una época en la que asistía a barbacoas y apostaba en los hipódromos. En la que a menudo me invitaba a su casa a disfrutar de una deliciosa cena preparada por su esposa. Fue una época en la que los éxitos profesionales de Raúl comenzaban a hacerse presentes en su vida: un aumento de sueldo, un ascenso...
- No seas imbécil Raúl, recuerda aquellas veces que por poco te descubren. De haber sido así ten por seguro que en algún lugar habría una lápida cubierta por hierba y tu nombre gravado encima.
Pero esa época ha quedado atrás. Raúl ahora vive de motel en motel, en una soledad por pocos soportable. Vive de los ahorros que había juntado a lo largo de su vida, y de alguno que otro encargo que sólo alguien con sus características sombrías y frías podría cumplir. Un trabajo perfecto para esta clase de adiccion que ahora lo somete. Un trabajo que sólo alguien que odia realmente podría pagar una buena cantidad a un hijo de perra como Raúl para hacerse.
- Lo sé Ricardo, pero no es la primera vez que lo hago. Sé lo que estoy haciendo.
Hace poco menos de una década, Raúl recibió una llamada anónima diciendole que su esposa había sido secuestrada y que para su liberación exigían una buena suma de dinero. Como fecha límite para entregar le dieron una semana, pero a dos días de cumplirse el plazo, el cuerpo sin vida de ella fue encontrado bajo un puente, con una mordaza en la boca, con múltiples señales de torturas y violaciones. A partir de entonces, Raúl no sería el mismo. Su vida se había venido abajo en poco menos de una semana. Dos veces lo encontré con una soga al cuello, una trepado en una mesa a punto de lanzarse y la otra ya colgado, pero aun vivo lo suficiente como para rescatarlo.
- Y ¿estás seguro de que es ella?
- Por supuesto, la he observado con detalle. Llevo años metido en esto Ricardo, este tipo de errores que tú asumes yo ya los dejé atrás por mucho.
Unos tres meses después de la muerte de su esposa recuerdo haber leído en el periódico una de las más horribles notas que se hayan publicado. En un departamento al este de la ciudad, en un barrio conocido por su inseguridad, fue encontraro el cuerpo de un hombre, de unos cuarenta años, salvajemente golpeado, con los dedos de los pies cortados y la mitad de los de la mano rotos. Uno de sus ojos había sido vaciado con un bolígrafo y tenía varias quemaduras en la espalda realizadas con un trozo de metal caliente. Al final, el hombre habría muerto desangrado debido a las múltiples cortadas por todo el cuerpo. Fue hallado con una mordaza en la boca y yo sabía quién era el responsable.
- Sé que no podré convencerte de no hacerlo, y en parte hasta entiendo tu motivo. Es solo que... - En ese momento preferí mejor apartar la mirada y concentrarme en mi cena.
El restaurante había ya cerrado y el reloj indicaba la una y media de la madrugada. La lluvia había cesado. Estábamos afuera Raúl y yo, sin nada en particular que hacer más que esperar. Se habían consumido ya la mitad de los cigarrillos de la cajetilla, de los cuales sólo dos habían sido míos. No es la primera vez que lo acompaño en esta situación, y no es él que esté nervioso, de hecho es más como una especie de ansia, una creciente euforia que comienza a dominar toda su capacidad de raciocinio, o al menos así parecería para cualquiera. Yo conozco a este hijo de puta, en realidad, su euforia es controlada por él mismo, y claro, por los cigarrillos.
- Ricardo ya mejor vete, ya es bastante noche y tu casa no queda nada cerca. Además ya me acompañaste casi la mayor parte del tiempo y de ahora en adelante me toca actuar a mí.
Sabía que debía tomarle la palabra. De hecho no había nada que pudiera yo hacer. Era inevitable. De modo que accedí y me despedí de él. Ya en mi camioneta estacionada al otro lado de la calle vi la silueta de Raúl, esperando paciente bajo la oscuridad de un árbol. De pronto la silueta comenzó a desplazarse rápida y silenciosamente a través del estacionamiento del lugar. Al otro lado, Mateo, el gerente, era el último en salir del restaurante y después de cerrar la puerta del mismo con llave, caminó hacia su coche. Pobre Mateo, si tan sólo supieras... la verdad es siento un poco de pena por ti. Raúl había investigado la muerte de su esposa por casi una década y desde entonces se había dado a la tarea de buscar y encontrar a cada uno de los malditos que se la había arrebatado de tan horrible manera. Después de diez años a Raúl le faltaba encontrar sólo a uno de los responsables, y ahora sabía que se trataba del gerente de un restaurante poco conocido al sur de la ciudad, su nombre era Mateo. Pobre ingenuo, está a punto de enfrentar su destino con una de las personas más horribles que conozco. Un inestable adicto. Una persona capaz de ignorar por completo los términos de humanidad, misericordia y piedad. Un maldito asesino. Lo único cierto es que Raúl no es cualquier adicto. Desde la muerte de aquél hombre en su departamento hace diez años, Raúl había descubierto un enorme placer al torturar al infeliz, y ahora se había vuelto adicto a esto.
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