sábado, 1 de septiembre de 2012

Gaia

La naturaleza es esa maldita perra a quien no le importa si te gusta o no lo que decida. No se detiene a preguntarte, ella sólo actúa. Es esa mujer a quien no le interesa lo que a ti te convenga, ella es egoísta, ella no tiene ningún problema con dejarte atrás. No intentes ir en su contra, no la cuestiones, no la pienses. No esperes entenderla siempre: tú eres sólo un hombre; ella, la dueña de todos los hombres. Por lo tanto quizá no siempre te ofrezca lo mejor, recuerda entonces que ella no sólo ve por ti, sino por todos. Ella es fría, eficaz, acertada, simétrica, consecuente, consistente, directa, efectiva, sabia, muy sabia. Ella no equivoca, somos nosotros quienes la malinterpretamos. Por eso quizá deberíamos intentar ser un poco más como ella, y no tanto como esa absurda parodia de hijos de Gaia en que nosotros mismos, los hombres, nos hemos convertido.

viernes, 4 de mayo de 2012

La vieja y el hombresillo de la caja musical.


     En algún lugar hay una vieja mujer. La mujer está en su cuarto, por la mañana, sosteniendo en sus cansadas manos una antigua caja musical. Al girar la manivela y hacer sonar la música, de la caja comienza a salir una pequeña bola de cristal con nieve cayendo en su interior, envolviendo una diminuta casa de plástico. La mujer sonríe, como lo hace cada mañana desde que la soledad ha hecho de la caja su único refugio, y de su música, el detonante a revivir una vida que ya no existe.

     En algún lugar hay una vieja mujer; en sus manos sostiene una caja de música; de la caja de música sale una pequeña bola de cristal; dentro de la bola hay nieve cayendo sobre una casita de juguete y dentro de la casita, vive un hombre. Un hombre cuyo universo se ve limitado por una invisible pared esférica, donde la nieve sólo cae para subir de nuevo, donde los oídos sólo han escuchado una única melodía a través de los años, donde el día y la noche dependen de una vieja y cansada mano que hace girar una manivela. 

     El amanecer se acerca para el hombrecillo de la bola de cristal, él lo sabe, la música anuncia su llegada. La nieve comienza a agitarse en el suelo, se eleva para dar paso a esa monótona coreografía de subidas y bajadas. El pequeño hombre se emociona, decide salir de su casa para no demorar cuando la mujer se asome en el cielo. Una línea de luz en el horizonte comienza a agrandarse: ha amanecido para el diminuto. Y una vez más puede verla al otro lado de la pared invisible de forma esférica. Él pega sus manos al cristal, contemplando a la vieja mientas la música transcurre. No hay tiempo, sólo instantes que se vuelven eternos. La música hace sonar aquellas notas que él reconoce, sabe que la mujer está por sonreír. Dos segundos después la mujer sonríe. El corazón del diminuto brinca, anhela estar con ella y sonreír a su lado. Ella no lo sabe. La música llega a sus últimas notas. La mano gira la manivela cada vez más lento. La música ha terminado. La vieja vuelve a sonreír. Esta vez el diminuto no lo hace, sabe que el tiempo no tarda en volver a existir para él. La nieve ha dejado de subir, ahora sólo cae para estancarse en su sitio hasta el nuevo día. El cielo se vuelve estrecho. La mujer ha cerrado la caja otra vez.

     En algún lugar hay una antigua caja de música; dentro de la caja hay una esfera donde la nieve sólo cae para volver a elevarse sobre el techo de una casita; dentro de la casita habita un hombre. Un hombre que está a la espera de una mano que haga girar una vez más la manivela, que la noche se vuelva día de nuevo, que la nieve se eleve y la música inunde el espacio, pero sobre todo, un hombre diminuto dentro de una caja de música que espera, como todos los días, poder ver de nuevo a aquella vieja que sonríe del otro lado del cristal cada vez que la música suena.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Año Nuevo en Febrero

No suelo ser muy entusiasta con la temáticas de los años nuevos. Cada que se acerca la fecha y toca ir a celebrar con la familia, en realidad me siento algo apático, porque es en año nuevo cuando recuerdas todo aquello que quisiste olvidar el resto del año. La gente se llena de esperanzas fundamentadas en débiles conclusiones de vida, de modo que los propósitos de año nuevo terminan siendo pretextos para dejarse llevar por aquello que detestan de sí mismos durante lo que queda el año que está por terminar. Todo está muy predispuesto: año con año vemos las mismas celebraciones, las mismas tradiciones; año con año se desempolva ese viejo libro del cual se escogen varios versículos de un capítulo para leerlos antes del último brindis del año. En lo que a mí concierne, el día último, salvo por las reuniones familiares y el aire vacacional, transcurre como un día cualquiera.

Es por eso que en mis veintiún treinta y unos, jamás me he dedicado algún tiempo a escribir una lista de propósitos, o a recapacitar sobre lo bueno y malo que obtuve, ni a agradecer a mis seres queridos por compartir un año más de sus vidas conmigo. A fin de cuentas, si lo piensas un poco, cada día del año es un año nuevo. Es por eso que yo no divido mi vida en años como muchos suelen hacer como método para recordar viejas anécdotas ubicándolos en un punto de la escala del tiempo. Mis capítulos no duran 365 páginas cada uno, yo mi vida la divido en las etapas, en cambios de perspectiva, en madurez, en cambiar un hábito por otro, en encontrar nuevas pasiones, en enterrar viejos recuerdos. Mi vida la divido en aquellos cambios en mi percepción lo suficientemente grandes como para alterar mi concepción de lo que es la vida y el Universo y cómo llevarlos a cabo, porque para mí, un tatuaje comienza no cuando la aguja inyecta su tinta en tu piel, sino cuando decides que tu piel es el lienzo perfecto para llevar a cabo una obra de arte.

Sin embargo, esta vez ha coincidido. Todo comenzó con un distanciamiento temporal entre una Edith y yo, a mediados del otoño de año pasado. Fue más o menos también por esas fechas que decidí hablarle por primera vez a esta chica, Fernanda, una cajera que me gustaba, una persona por la que francamente después de conocer un poco, dejé de sentir el mínimo interés por conocer ya que siento que no tiene nada valioso que aportar a mi vida (Fernanda, si estás leyendo esto, lo siento, no es nada personal, te sigo respetando como persona), pero siento que el conocerla, o mejor dicho, la manera en que la conocí, contribuyó al preludio de lo que en estas letras quiero plasmar. Luego se le sumó un viaje a Monterrey en enero, en el que viví, si no en la miseria, sí bastante cerca de ella, lo cual me ayudó a rencontrarme conmigo mismo. Aparte fue ahí donde conocí a Minerva, una vidente que aseguró algunas cosas de mi futuro próximo. Y por último, aquella vez que Juan, de quien no había sabido nada en un par de años, de pronto me invitó a cenar hace unas tres semanas con unas amigas suyas, y así, sin más, personas extraordinarias comenzaron a entrar a mi vida.

Y digo que esta vez se trata de una coincidencia, una temporal, ya que, justo comenzando el año es que siento por concluido ese período de transición entre una etapa y otra. Me siento una persona distinta hoy de lo que fui hace unos meses, de aquella persona que fui durante aproximadamente cinco años, desde que decidí que no necesitaba de nadie para llevar una vida plena. Y aunque sigo firme en esa ideología, llegué a un punto en el que decidí que era necesario ponerle un límite a su desarrollo ya que puede resultar peligroso, puesto que, leyendo Ecce Homo, llegué a sentirme sumamente identificado con el autor, aquél filósofo narcisista, ególatra del siglo antepasado cuya demencia lo llevó a la soledad y enclaustramiento de un departamento de Alemania los últimos años de su vida.

So, aquí me encuentro hoy escribiendo esto, a mes y medio de comenzar este año y a cuatro días de cumplir veintidós, celebrando mi propio “año nuevo”, mi propio nuevo comienzo y muy a mi manera, cambiando los propósitos por actitudes, sin doce uvas (o lo que sea que se supone que éstas representen), sin ninguna oración ni brindis mas que aquello que dejo en este texto, a manera de epitafio de aquello que fui, a manera de punto de partida de aquello que pienso ser.