Te conocí ya hace tiempo, pero solo llegué a verte máximo en tres ocasiones en las cuales (y no te voy a mentir) sentí probablemente la misma sensación agradable que tú. Sabía que mientras hablábamos, ocurrían de por medio más cosas que un mero intercambio de palabras; cosas que, a pesar de que jamás son declaradas oficialmente, es obvio que están ahí. Llegaste a significar lo suficiente en mi vida como para a hacerle a P un comentario efímero acerca de nuestro efímero momento. A veces pienso que probablemente tú también lo hiciste con tu equivalente a P para mí. Me permito la idea de que así fue.
La cuarta (y ya intencionada) vez estaba decidido a pedirte tu teléfono para, de una vez por todas, dejar de consumir productos del lugar donde trabajas como pretexto para encontrarte por "casualidad". Sin embargo, esa vez tú ya no estabas ahí, al igual que ocurrió en la quinta ocasión. Pasó lo que tenía que pasar. O mejor dicho, no pasó lo que no tenía que pasar. Simplemtente no fue, pero no fue algo que haya sidnificado algo en mi vida por más de cuatro horas mediante un intercambio de ideas y experiencias similares con algún cuate. En una especie de lamento mezclado con burla (lo mejor que puedes hacer en un momento de crisis) me dispuse a despedirme de tí.
_______________________________________________________
Todo iba bien ese día. La exposición en la clase "X" fue todo un éxito a pesar de que la mayor parte de la misma fue mera improvisación. El sol estaba brillando con la misma calidez de las dos de la tarde de los días veraniegos en Tampico, y el cansancio para esa hora suponía un día exitoso hasta el momento. Sabía que llegando a la casa me encontraría, como de costumbre, con un apetitoso manjar, que hacía aún mayor su efecto en mi paladar gracias al hambre que caracteriza esa hora del día. Y lo mejor era que, como cada miércoles, la casa se encontraba completamente sola. Es bueno estar solo de vez en cuando. Te permite convivir contigo mismo, y nada más. Te da una oportunidad de pensar en por qué eres así, y regocijarte del éxito que esto conlleva. Estar solo te permite hacer únicamente lo que quieres hacer: escuchar el disco comprado en la feria con los mejores éxitos de The Beatles a todo volúmen, comer los bistecs encebollados y puré de papa en la cama mientras ves un poco de televisión, andar en ropa interior por toda la casa con fines de comodidad y como medida correctiva al calor que acecha, todo ésto sin ser juzgado absolutamente por nadie. Estar solo te permite aislarte del planeta Tierra por uno momento y ser el único habitante del planeta Evan, al igual que ocurría con Paco y Lola en aquella época (ver "Paco y Lola, descancen en paz").
Todo ésto y más ocurría desde que bajaba el último peldaño del autobús que me transporta a mi casa a cambio de unos razonables cinco pesos con cincuenta centavos. Así tiene que ser mientras que el pequeño General Lee (sí, mi bugui, al igual que en los Duques de Hazard) sale del taller mecánico.
Después de un día pesado en la universidad, pero dentro del promedio, esperar al dicho autobús es uno de los momentos más pesados del día, mentalmente. No sabes exactamente cuándo aparecera el dichoso vehículo en el final de la calle, y el momento en el que ésto sucede, te permites un poco de regocijo al saber que no faltan más de veinte minutos para estar en la casa.
Recuerdo que ése miércoles tardó lo que ahora para mí no es ni mucho ni poco, pero que en ese momento lleno de calor, polvo y ruido fue casi una eternidad.
Por fin estaba poniendo mi pié en el primer escalón del vehículo, cuando te ví de nuevo. Fueron los, aproximadamente, diez segundos más largos de mi vida. No esperaba verte por ahí, lo que me desconcertó, pero en ese momento no pude pensar lo que normalmente se pregunatría uno: ¿qué está haciendo aquí? Jamás olvidaré la mirada con la que me apuñalaste. Fue como si supieras exactamente que me iba a quedar parado a mitad de la calle viendo cómo te alejabas.
Controlaste la situación a cada instante, fuiste breve, precisa y silenciosa. Atacaste justo donde tenías que atacar. Se te presentó la oportunidad y supiste aprovecharla, supiste aprovechar la clara ventaja que tenías sobre mí, y éso me encantó. Fuiste elegante, hiciste justo lo que tenías que hacer, nada más ni nada menos. Me dominaste por completo, y sólo te tomó diez segundos y la sonrisa perfecta.
Con esa mirada me lo dijiste todo, sin decirme nada. Me hiciste saber que estabas ahí, de nuevo, después de tres meses de no saber nada de tí. Me hiciste saber que me estarías esperando, que yo tendría que ir a buscarte si es que quería saber de tí nuevamente. Comenzaste un juego excitante. Y yo no podía esperar más para empezar a jugarlo.
Definitivamente, mi día no transcurrió para nada como yo lo había planeado.
Han pasado tres miércoles desde entonces. En el mismo lugar y a la misma hora me encuentro, esperando saber algo de tí. Hacer ahora mi jugada en este ajedrez. Pero los minutos pasan y se van llevando la esperanza de encontrarte de nuevo. A las dos con quince concluyo que este no sería mi día de suerte, y sé que tendré que esperar otros siete días. Mientras escribo estas líneas pienso en que si alguna vez llegarás a leerlas. Me gustaría conocer tu opinión acerca del frustrado sujeto que no conociste. Tengo que verte de nuevo. Tengo que saber que pasa después. No puedo permitirnos dejar este cabo suelto. No pude ni siquiera decir "hola".