Mesa para uno.
sábado, 1 de septiembre de 2012
Gaia
viernes, 4 de mayo de 2012
La vieja y el hombresillo de la caja musical.
miércoles, 15 de febrero de 2012
Año Nuevo en Febrero
No suelo ser muy entusiasta con la temáticas de los años nuevos. Cada que se acerca la fecha y toca ir a celebrar con la familia, en realidad me siento algo apático, porque es en año nuevo cuando recuerdas todo aquello que quisiste olvidar el resto del año. La gente se llena de esperanzas fundamentadas en débiles conclusiones de vida, de modo que los propósitos de año nuevo terminan siendo pretextos para dejarse llevar por aquello que detestan de sí mismos durante lo que queda el año que está por terminar. Todo está muy predispuesto: año con año vemos las mismas celebraciones, las mismas tradiciones; año con año se desempolva ese viejo libro del cual se escogen varios versículos de un capítulo para leerlos antes del último brindis del año. En lo que a mí concierne, el día último, salvo por las reuniones familiares y el aire vacacional, transcurre como un día cualquiera.
Es por eso que en mis veintiún treinta y unos, jamás me he dedicado algún tiempo a escribir una lista de propósitos, o a recapacitar sobre lo bueno y malo que obtuve, ni a agradecer a mis seres queridos por compartir un año más de sus vidas conmigo. A fin de cuentas, si lo piensas un poco, cada día del año es un año nuevo. Es por eso que yo no divido mi vida en años como muchos suelen hacer como método para recordar viejas anécdotas ubicándolos en un punto de la escala del tiempo. Mis capítulos no duran 365 páginas cada uno, yo mi vida la divido en las etapas, en cambios de perspectiva, en madurez, en cambiar un hábito por otro, en encontrar nuevas pasiones, en enterrar viejos recuerdos. Mi vida la divido en aquellos cambios en mi percepción lo suficientemente grandes como para alterar mi concepción de lo que es la vida y el Universo y cómo llevarlos a cabo, porque para mí, un tatuaje comienza no cuando la aguja inyecta su tinta en tu piel, sino cuando decides que tu piel es el lienzo perfecto para llevar a cabo una obra de arte.
Sin embargo, esta vez ha coincidido. Todo comenzó con un distanciamiento temporal entre una Edith y yo, a mediados del otoño de año pasado. Fue más o menos también por esas fechas que decidí hablarle por primera vez a esta chica, Fernanda, una cajera que me gustaba, una persona por la que francamente después de conocer un poco, dejé de sentir el mínimo interés por conocer ya que siento que no tiene nada valioso que aportar a mi vida (Fernanda, si estás leyendo esto, lo siento, no es nada personal, te sigo respetando como persona), pero siento que el conocerla, o mejor dicho, la manera en que la conocí, contribuyó al preludio de lo que en estas letras quiero plasmar. Luego se le sumó un viaje a Monterrey en enero, en el que viví, si no en la miseria, sí bastante cerca de ella, lo cual me ayudó a rencontrarme conmigo mismo. Aparte fue ahí donde conocí a Minerva, una vidente que aseguró algunas cosas de mi futuro próximo. Y por último, aquella vez que Juan, de quien no había sabido nada en un par de años, de pronto me invitó a cenar hace unas tres semanas con unas amigas suyas, y así, sin más, personas extraordinarias comenzaron a entrar a mi vida.
Y digo que esta vez se trata de una coincidencia, una temporal, ya que, justo comenzando el año es que siento por concluido ese período de transición entre una etapa y otra. Me siento una persona distinta hoy de lo que fui hace unos meses, de aquella persona que fui durante aproximadamente cinco años, desde que decidí que no necesitaba de nadie para llevar una vida plena. Y aunque sigo firme en esa ideología, llegué a un punto en el que decidí que era necesario ponerle un límite a su desarrollo ya que puede resultar peligroso, puesto que, leyendo Ecce Homo, llegué a sentirme sumamente identificado con el autor, aquél filósofo narcisista, ególatra del siglo antepasado cuya demencia lo llevó a la soledad y enclaustramiento de un departamento de Alemania los últimos años de su vida.
So, aquí me encuentro hoy escribiendo esto, a mes y medio de comenzar este año y a cuatro días de cumplir veintidós, celebrando mi propio “año nuevo”, mi propio nuevo comienzo y muy a mi manera, cambiando los propósitos por actitudes, sin doce uvas (o lo que sea que se supone que éstas representen), sin ninguna oración ni brindis mas que aquello que dejo en este texto, a manera de epitafio de aquello que fui, a manera de punto de partida de aquello que pienso ser.
jueves, 3 de noviembre de 2011
Pintar sin salirse de la raya no lo es todo.
Oficialmente mi educación comenzó a los 4 años, en un conocido colegio llamado “Félix de Jesús”. Para quienes no lo conocen se trata de un colegio de monjas, donde todas las semanas llevábamos clases de formación humana, íbamos los jueves a la capilla unos minutos, hacíamos oración grupal antes de comenzar el día entre otras cosas que a muchos (lamentablemente incluidos mis padres) les parecerían ideales para la formación de sus hijos. Durante la primaria no fui el niño más popular: mientras todos jugaban futbol en las canchas, yo prefería juntarme con unos tres o cuatro amigos a intercambiar tazos o a jugar cualquier otro juego improvisado. Cada año iban rotando mis amistades, dependiendo dónde fuera que la nueva maestra me sentara en el salón, a excepción de los dos cuates quienes los seis años estuvieron enfrente y detrás de mí en la fila (yo fui el tercero toda la primaria). Pocas veces tuve problemas con otros compañeros, salvo por un par de veces que empezaban a chingarme, pero en general, a pesar de no ser el más popular como ya mencioné, me daba a respetar. A decir verdad, dentro de lo que cabe, la primaria para mí transcurrió sin ninguna anormalidad.
La secundaria fue donde todo comenzaba a cambiar, y creo que eso se debe a esos pelos que nos comenzaban a salir a todos en el cuerpo. Como dije estuve en un colegio de monjas, los cuales aparentemente ofrecen a los pupilos una educación de primer nivel. Es sólo se ve desde afuera; estando dentro la cosa es muy distinta. Los colegios de monjas no son nada baratos (¿dónde queda la humildad de la que tanto hablan en la religión?), y yo no cago dinero, a diferencia de mis ex compañeros, a quienes se les hacía facilísimo gastar miles de pesos en alcohol, a quienes no les importaba manejar ebrios y chocar sus autos, total conseguirían uno nuevo con la misma facilidad con la que consiguieron el primero. Y en cuanto al sexo, caray… supe de una morra a quien casi violan entre como 5 weies en la cochera de uno de ellos, y digo “casi” no porque no se la hayan cogido entre todos, sino porque la morra se dejó con tal de que no le fuera tan mal. Qué tiempos aquellos, comenzaban las banditas a reclamar sus dominios, agarrándose a madrazos en el cine porque fulano mató en Tibia1 a sutano. Si en la primaria era un chico ligeramente solitario por no querer jugar futbol en los recreos, ya se han de imaginar cómo fue mi secundaria con esto que les cuento.
Una vez terminada la secundaria las mismas monjas del Félix me ofrecieron personalmente quedarme ahí para cursar la prepa con mi respectiva beca, dado mi buen rendimiento académico durante los tres últimos años. El detalle es que yo ya no podía más. Otros tres años de hipocresías serían simplemente demasiado. Decidí largarme de ahí cuanto antes. La nueva prepa indiscutiblemente sería aquella en donde trabaja mi padre, porque como ya dije, yo no cago dinero. Académicamente la considero una pérdida de tiempo: fueron tres años en los que lo que llegué a aprender ahí la verdad es que ahora ya no lo recuerdo por el simple hecho de que no me sirve para nada. Aunque fue en ese periodo en el que hice las pocas amistades que hasta la fecha conservo. La verdad no tengo mucho de qué hablar al respecto.
1 Tibia: videojuego en internet en tiempo real.
Y por fin llegamos a la universidad, que es donde me encuentro ahora. Yo comencé mi carrera universitaria en la misma escuela donde realicé mi preparatoria. Supongo que no lo pensé demasiado y me dejé seducir por las becas y la facilidad de los trámites. Aparte porque mi padre trabaja ahí, lo cual suponía una ventaja administrativa (posteriormente comprobé varias veces que así sería). La carrera se llamaba Ingeniería en Sistemas Computacionales y Electrónica. Caray, con ese nombre ¿cómo pensarlo dos veces? Comencé la carrera y me sentía como pez en el agua, como dijo alguna vez un muy apreciado maestro que tuve, “dejamos de ser cabeza de ratón y nos convertimos en cola de león” ya era nivel profesional, y el simple hecho de utilizar esa palabra me emocionaba cabrón. Todo iba muy padre los primeros semestres, cuando por ahí del tercero o cuarto se hizo evidente la lentitud con la que avanzábamos en la carrera. Me di cuenta que todos los temas los estábamos viendo a medias, y yo, al ser muy curioso sobre el porqué de todo, no estaba satisfecho en lo absoluto. Aparte que muchos de mis compañeros de ese entonces la verdad sólo estaban ahí porque era extremadamente fácil cursar la carrera y conseguir el título. Lo cierto es que desenvolverme en ese ambiente comenzó a darme una weba tremenda, tanta mediocridad me daba asco y el hecho de pensar que en ese lugar no podría desarrollar todo mi potencial me aterraba. No fue hasta un día de la primavera del 2010 que gané un volado contra mí mismo, y con eso decidí largarme de ahí de una vez por todas y comenzar de nuevo en otro lugar.
Ese otro lugar fue el Instituto Tecnológico de Ciudad Madero, una universidad para ingenieros supuestamente muy reconocida a nivel nacional, cuyos alumnos han ganado numerosos primeros lugares en concursos de creatividad, matemáticas, química, entre otras materias. Para entonces yo ya tenía otros ojos, y las becas y las facilidades de trámites ya no eran factor para decidirme. Conseguí que me revalidaran un semestre de lo ya cursado en mi carrera anterior, y tal como ocurrió aquella primera vez, sentía que no podría estar en un mejor lugar. Estaba en una universidad dedicada exclusivamente para ingenieros. El hecho de ir por los pasillos y escuchar a alguien hablando sobre algún proyecto era genial. Estaba aprendiendo cosas que jamás me hubiera imaginado que existían y lo que en un principio me había costado comenzar de nuevo en otro lugar, ahora sabía que había valido la pena. Sólo había un problema, se trataba de una universidad pública, lo cual supone una extrema burocracia y lo que es peor aún: corrupción.
La corrupción es exagerada, la hay por todo lo cual significa que la gran mayoría (estoy hablando tentativamente de 17 de cada 20 personas) manejan su carrera a través de la corrupción. Es de lo más común, al grado de que existe una oficina, no oficial por supuesto, dedicada exclusivamente al trámite de sobornos. ¡Esto me parece terriblemente patético! ¿Por qué mejor no se van a Tepito que por dos mil pesos te tienen tu título certificado en una semana? No sé de qué se trata, o a qué le tira la gente. Se supone que un ingeniero debe ser curioso, cuestionarse el porqué de todo y encontrar una explicación de por qué ocurren las cosas como ocurren. Si bien viene implícito en el término, se trata de tener ingenio. Es raro toparme con una persona en el Tec que piense de esta manera. El primer semestre tengo entendido que otro chavo aparte de mí fuimos los únicos que no pagamos al profe que nos quería bajar mil baros para pasar. Nos lo chingamos, nos pasó y no nos cobró. El segundo semestre el profe era un webón bueno para nada, faltó tres semanas seguidas y la raza (me incluyo) no sabía qué hacer a la hora del examen. Dediqué gran parte del semestre a leer libros de la materia, a estudiar por mi cuenta, al grado de terminar dándole clase al resto de mis compañeros, haciendo el trabajo de mi profesor. Yo fui el único noventa de los tres grupos a quienes dio clases ese pendejo, del resto, la gran mayoría pagaron por su setenta. Y ahora en este tercer semestre estoy de nuevo en la cuerda floja. Esta vez tengo la certeza de que fui el único quien no pagó el soborno, lo cual me pone en una clara desventaja. Y como las calificaciones se compraron a mediados de semestre, pues el profesor ya está contento, ya no tiene muchas razones para seguir viniendo a dar clases.
Es evidente que la educación en México es muy deficiente. En mi particular caso, la educación en México es sólo un pretexto, un motivo para realizar negocios, es sólo una idea que un grupo de monjas venden a los padres para hacerlos creer que tendrán una educación excelente en su primera etapa de formación; es una institución que se mantiene actualmente sólo para que el alumno le pague el chupe a su profesor, porque de desaparecer ésta, el bastardo tendría que pagarse sus propios vicios. ¿Qué te enseñan en la primaria? ¿Los adverbios y el objeto directo e indirecto? Eso es algo que se aprende de la literatura ¿De qué sirve saber qué son si ni siquiera fomentan la lectura? ¿Y en la secundaria? ¿Los ríos de Europa y la capital de Noruega? Como si esos conocimientos me fueran a generar el dinero que necesito para siquiera conocer el Sena u Oslo. ¿La historia trastornada y manipulada historia de México? ¿La ley de la conservación de la materia y energía? ¡¿Qué putas va a hacer un morro de 13 con esa información?! Mejor enseñen valores y educación sexual de una manera que realmente se puedan comprender, no con dinámicas estúpidas y documentales de los 80’s.
Es lamentable la educación en nuestro país, se lleva como un protocolo y nunca se cuestiona nada sobre el mismo. Como dije, la educación en México es sólo un pretexto, educar a las nuevas generaciones es lo que menos importa en las instituciones educativas, ahora se trata solamente de pagar una cantidad razonable para mantener contenta a la institución y esperar algún día conseguir el pinche papel que diga que ya somos profesionales.
Toda mi vida he desencajado del contexto en el que me intento desarrollar, siempre estuve buscando un mejor lugar para mí, y desenvolverme con personas más de acuerdo con mi manera de pensar. Luego de tanto buscar y no encontrar ese lugar, he decidido rendirme. No rendirme en cuanto a olvidar mis principios, sino en aceptar que esta sociedad no los tiene y que nunca voy a encajar en la misma. Lo cierto es que ahora ya no tengo a dónde “huir” esta es mi última oportunidad y debo hacer lo mejor que se pueda con lo que tengo, esperando algún día tener los recursos para irme de aquí, a un lugar donde pueda encontrar para mis hijos una mejor calidad de vida. Lo siento mucho, México.
sábado, 24 de septiembre de 2011
Reunión Familiar.
Este día terminó con la celebración del cumpleaños del tío Rafael: una cena sencilla en su casa, con los tíos, la abuela y los nietos. Mitades de sándwiches, unas de jamón y otras con queso para acompañar, papitas, aceitunas y ensalada de atún. Mis tíos sentados en el comedor y nosotros, los primos, de pié o participando desde lejos en la sala, como de costumbre, discutiendo sobre temas de política y sociedad, sosteniendo con firmeza cada quien su punto, convencido de que todos los demás están equivocados.
-Es que Carlos, el problema viene de muy atrás, el PRI hizo y deshizo lo que quiso durante setenta años.
-No, no, no Falito, estás equivocado… –“Falito”, como también se le conoce al tío Fal, o Rafael, en tiempos de discusión- el problema es que los mugrosos ratas diputados no están haciendo su trabajo como deberían, ¿vedá?, y nosotros… y nosotros claro terminamos jodiéndonos. Tienes que informarte antes de hablar Falito.
Cada quien es un personaje único, quienes nosotros los nietos tenemos bien ubicados. Está el tío José Luis, mejor conocido como “Tote” por como Fal le decía cuando comenzaba a hablar, quien sólo presencia la discusión en silencio, hablando sólo lo necesario para hacer enojar aún más al tío Carlos. O Memo, ése a quien le gusta cantar ópera en los baños de los restaurantes. Y por supuesto mi madre, la única mujer entre los cinco hermanos, a quien le importa un comino la discusión, pero ah cómo se divierte al ver a los demás pelearse por sus partidos políticos…
Esta vez nos acompañaba Martha, la abuela, pues el cumpleaños de Fal fue el pretexto perfecto para una nueva cena con la familia, aderezada por esa clásica y eufórica discusión de la que nunca nadie saldrá victorioso... jamás. Mi madre haciéndome caras como de costumbre, burlándose de mis tíos. Pedro y mis demás primos también viendo todo, riéndonos discretamente. Los más pequeños de mis primos y mi hermana atrás jugando Xbox… a ellos les vale madre todo, sólo quieren cenar para seguir jugando.
Después de un rato se acabaron los sándwiches, aunque las cubitas seguían y seguían. Luego vino el pastel y las tradicionales “Mañanitas”. Minutos después ya se habían calmado todos y estaban hablando de otros temas, fue entonces que llegó mi primo Rafa, con una agradable sorpresa para todos: por ahí tenía guardadas cientos de fotos viejísimas de mis abuelos y mis tíos cuando estaban chavos. Se empezaron a pasar las fotos entre ellos, mirándolas con sonrisas en la cara, recordando algunas de ellas, teniendo ninguna idea sobre otras, pero qué agradable momento.
-Carlos ¿ya te viste en esta foto? Jajaja
-¡Mira! Cuando aún no existía la avenida Universidad frente a la casa.
-Mira René –me decía mi abuela mientras me pasaba una foto en blanco y negro- yo, cuando tenía 17 años.
Qué guapa estaba mi abuela. Siendo honestos no parecía de 17 años, se veía más como una señorita de 27, altísima, con un clásico vestido de aquellos años. En aquella foto aparecía también mi abuelo, que en paz descanse, con su saco y pantalones bombachos, y sus zapatos blancos con negro, como todo un buen pachuco de la época, al lado de ella, cuando aún eran novios, o quizás recién casados, no lo sé, hace ya tantos años.
Me parece increíble cómo quedan inmortalizados los recuerdos en las fotografías. No se necesita más que mirarlas para recordar algo que sucedió hace tanto tiempo. Hace más de sesenta años que se había tomado esa foto de mis abuelos, y ahora estaba ahí, en esa mesa, junto con muchas otras, siendo pasada de mano en mano por mi abuela, mis tíos, y mis primos. Cuándo han cambiado, cuánto ha cambiado la familia, cuánto ha crecido.
De pronto comienzo a pensar si algún día, dentro de muchos años, esté yo sentado en una mesa rodeado de mi propia familia, de mi esposa, mis hijos y nietos, tal y como esta noche lo hizo Martha, recordando cenas como la de hoy, platicándole a mis hijos y nietos sobre su tío Carlos, y cómo se ponía a discutir con mi tío Fal. Platicándoles cómo su abuela y bisabuela se reía de ellos cuando peleaban, de las oportunas canciones de ópera de mi tío Memo, de cómo a mi tío Tote le encantaba hacer enojar a sus hermanos. Para entonces ya habrá pasado mucho tiempo de que se hayan ido, pero yo seguiré recordando cenas como esta, y hasta que aquél día ocurra, estaré enormemente agradecido por la hermosa familia que comenzaron a formar mis abuelos, desde hace más de sesenta años.
lunes, 4 de julio de 2011
Si la felicidad no existiera la tristeza pasaría desapercibida.
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Sí, puede sonar contradictorio, pero de hecho tiene mucho sentido, puesto que "la felicidad es sólo un estado mental". Uno elige cómo sentirse, y hoy en día la gente se lo toma muy en serio. Un claro ejemplo de ello es meterse a la página principal de facebook. Uno entra para ver qué pdo y mínimo una persona pone una :( o algo relacionado. Y como si no fuera suficiente, chingos de personas comentando "qué tienes?", "qué pasa?", alimentando esa negatividad. Hagan memoria, ¿cada cuanto ven esto que les digo y cada cuanto ven un estado de fb tipo "No mamen, qué día tan chingón estoy teniendo, de verdad me la estoy pasando pocamadre"? Pero claro, es mucho más fácil hacerse la víctima.
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Si no tenemos ninguna bronca en nuestra vida y nos preguntan que cómo estamos, sólo contestamos "bien", pero si hay algún pedo por ahí y nos preguntan que cómo estamos (obvio, una persona a quien le podamos contestar sinceramente) le contamos toda la letanía como si fuéramos las personas más desgraciadas de este mundo. De todos los aspectos que conforman nuestra vida (salud, amigos, familia, integridad, trabajo, según El diario de Suzanne de James Patterson) ¿por qué cuando en uno fallamos nos olvidamos de lo bien que estamos en los demás y centramos toda nuestra atención en lo que está mal? A mí mi abuela me decía "da gracias porque tienes qué comer y porque estás vivo" al chile nunca me lo había tomado tan enserio hasta ahora. Gracias abuela por eso.
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Así que la próxima vez que algo malo... o "malo" te suceda acuérdate de esto y no opaques todo lo increíble que tienes en tu vida por una miserable causa. Levántate, sacúdete todo el polvo que sea necesario, y sigue tu camino.