En algún lugar hay una vieja
mujer. La mujer está en su cuarto, por la mañana, sosteniendo en sus cansadas manos
una antigua caja musical. Al girar la manivela y hacer sonar la música, de la
caja comienza a salir una pequeña bola de cristal con nieve cayendo en su
interior, envolviendo una diminuta casa de plástico. La mujer sonríe, como lo
hace cada mañana desde que la soledad ha hecho de la caja su único refugio, y
de su música, el detonante a revivir una vida que ya no existe.
En algún lugar hay una vieja
mujer; en sus manos sostiene una caja de música; de la caja de música sale una
pequeña bola de cristal; dentro de la bola hay nieve cayendo sobre una casita
de juguete y dentro de la casita, vive un hombre. Un hombre cuyo universo se ve
limitado por una invisible pared esférica, donde la nieve sólo cae para subir
de nuevo, donde los oídos sólo han escuchado una única melodía a través de los
años, donde el día y la noche dependen de una vieja y cansada mano que hace
girar una manivela.
El amanecer se acerca para el
hombrecillo de la bola de cristal, él lo sabe, la música anuncia su llegada. La
nieve comienza a agitarse en el suelo, se eleva para dar paso a esa monótona coreografía
de subidas y bajadas. El pequeño hombre se emociona, decide salir de su casa
para no demorar cuando la mujer se asome en el cielo. Una línea de luz en el
horizonte comienza a agrandarse: ha amanecido para el diminuto. Y una vez más
puede verla al otro lado de la pared invisible de forma esférica. Él pega sus
manos al cristal, contemplando a la vieja mientas la música transcurre. No hay
tiempo, sólo instantes que se vuelven eternos. La música hace sonar aquellas notas
que él reconoce, sabe que la mujer está por sonreír. Dos segundos después la
mujer sonríe. El corazón del diminuto brinca, anhela estar con ella y sonreír a
su lado. Ella no lo sabe. La música llega a sus últimas notas. La mano gira la
manivela cada vez más lento. La música ha terminado. La vieja vuelve a sonreír.
Esta vez el diminuto no lo hace, sabe que el tiempo no tarda en volver a
existir para él. La nieve ha dejado de subir, ahora sólo cae para estancarse en
su sitio hasta el nuevo día. El cielo se vuelve estrecho. La mujer ha cerrado la
caja otra vez.
En algún lugar hay una antigua
caja de música; dentro de la caja hay una esfera donde la nieve sólo cae para
volver a elevarse sobre el techo de una casita; dentro de la casita habita un
hombre. Un hombre que está a la espera de una mano que haga girar una vez más la
manivela, que la noche se vuelva día de nuevo, que la nieve se eleve y la
música inunde el espacio, pero sobre todo, un hombre diminuto dentro de una
caja de música que espera, como todos los días, poder ver de nuevo a aquella
vieja que sonríe del otro lado del cristal cada vez que la música suena.