Este día terminó con la celebración del cumpleaños del tío Rafael: una cena sencilla en su casa, con los tíos, la abuela y los nietos. Mitades de sándwiches, unas de jamón y otras con queso para acompañar, papitas, aceitunas y ensalada de atún. Mis tíos sentados en el comedor y nosotros, los primos, de pié o participando desde lejos en la sala, como de costumbre, discutiendo sobre temas de política y sociedad, sosteniendo con firmeza cada quien su punto, convencido de que todos los demás están equivocados.
-Es que Carlos, el problema viene de muy atrás, el PRI hizo y deshizo lo que quiso durante setenta años.
-No, no, no Falito, estás equivocado… –“Falito”, como también se le conoce al tío Fal, o Rafael, en tiempos de discusión- el problema es que los mugrosos ratas diputados no están haciendo su trabajo como deberían, ¿vedá?, y nosotros… y nosotros claro terminamos jodiéndonos. Tienes que informarte antes de hablar Falito.
Cada quien es un personaje único, quienes nosotros los nietos tenemos bien ubicados. Está el tío José Luis, mejor conocido como “Tote” por como Fal le decía cuando comenzaba a hablar, quien sólo presencia la discusión en silencio, hablando sólo lo necesario para hacer enojar aún más al tío Carlos. O Memo, ése a quien le gusta cantar ópera en los baños de los restaurantes. Y por supuesto mi madre, la única mujer entre los cinco hermanos, a quien le importa un comino la discusión, pero ah cómo se divierte al ver a los demás pelearse por sus partidos políticos…
Esta vez nos acompañaba Martha, la abuela, pues el cumpleaños de Fal fue el pretexto perfecto para una nueva cena con la familia, aderezada por esa clásica y eufórica discusión de la que nunca nadie saldrá victorioso... jamás. Mi madre haciéndome caras como de costumbre, burlándose de mis tíos. Pedro y mis demás primos también viendo todo, riéndonos discretamente. Los más pequeños de mis primos y mi hermana atrás jugando Xbox… a ellos les vale madre todo, sólo quieren cenar para seguir jugando.
Después de un rato se acabaron los sándwiches, aunque las cubitas seguían y seguían. Luego vino el pastel y las tradicionales “Mañanitas”. Minutos después ya se habían calmado todos y estaban hablando de otros temas, fue entonces que llegó mi primo Rafa, con una agradable sorpresa para todos: por ahí tenía guardadas cientos de fotos viejísimas de mis abuelos y mis tíos cuando estaban chavos. Se empezaron a pasar las fotos entre ellos, mirándolas con sonrisas en la cara, recordando algunas de ellas, teniendo ninguna idea sobre otras, pero qué agradable momento.
-Carlos ¿ya te viste en esta foto? Jajaja
-¡Mira! Cuando aún no existía la avenida Universidad frente a la casa.
-Mira René –me decía mi abuela mientras me pasaba una foto en blanco y negro- yo, cuando tenía 17 años.
Qué guapa estaba mi abuela. Siendo honestos no parecía de 17 años, se veía más como una señorita de 27, altísima, con un clásico vestido de aquellos años. En aquella foto aparecía también mi abuelo, que en paz descanse, con su saco y pantalones bombachos, y sus zapatos blancos con negro, como todo un buen pachuco de la época, al lado de ella, cuando aún eran novios, o quizás recién casados, no lo sé, hace ya tantos años.
Me parece increíble cómo quedan inmortalizados los recuerdos en las fotografías. No se necesita más que mirarlas para recordar algo que sucedió hace tanto tiempo. Hace más de sesenta años que se había tomado esa foto de mis abuelos, y ahora estaba ahí, en esa mesa, junto con muchas otras, siendo pasada de mano en mano por mi abuela, mis tíos, y mis primos. Cuándo han cambiado, cuánto ha cambiado la familia, cuánto ha crecido.
De pronto comienzo a pensar si algún día, dentro de muchos años, esté yo sentado en una mesa rodeado de mi propia familia, de mi esposa, mis hijos y nietos, tal y como esta noche lo hizo Martha, recordando cenas como la de hoy, platicándole a mis hijos y nietos sobre su tío Carlos, y cómo se ponía a discutir con mi tío Fal. Platicándoles cómo su abuela y bisabuela se reía de ellos cuando peleaban, de las oportunas canciones de ópera de mi tío Memo, de cómo a mi tío Tote le encantaba hacer enojar a sus hermanos. Para entonces ya habrá pasado mucho tiempo de que se hayan ido, pero yo seguiré recordando cenas como esta, y hasta que aquél día ocurra, estaré enormemente agradecido por la hermosa familia que comenzaron a formar mis abuelos, desde hace más de sesenta años.
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