viernes, 4 de mayo de 2012

La vieja y el hombresillo de la caja musical.


     En algún lugar hay una vieja mujer. La mujer está en su cuarto, por la mañana, sosteniendo en sus cansadas manos una antigua caja musical. Al girar la manivela y hacer sonar la música, de la caja comienza a salir una pequeña bola de cristal con nieve cayendo en su interior, envolviendo una diminuta casa de plástico. La mujer sonríe, como lo hace cada mañana desde que la soledad ha hecho de la caja su único refugio, y de su música, el detonante a revivir una vida que ya no existe.

     En algún lugar hay una vieja mujer; en sus manos sostiene una caja de música; de la caja de música sale una pequeña bola de cristal; dentro de la bola hay nieve cayendo sobre una casita de juguete y dentro de la casita, vive un hombre. Un hombre cuyo universo se ve limitado por una invisible pared esférica, donde la nieve sólo cae para subir de nuevo, donde los oídos sólo han escuchado una única melodía a través de los años, donde el día y la noche dependen de una vieja y cansada mano que hace girar una manivela. 

     El amanecer se acerca para el hombrecillo de la bola de cristal, él lo sabe, la música anuncia su llegada. La nieve comienza a agitarse en el suelo, se eleva para dar paso a esa monótona coreografía de subidas y bajadas. El pequeño hombre se emociona, decide salir de su casa para no demorar cuando la mujer se asome en el cielo. Una línea de luz en el horizonte comienza a agrandarse: ha amanecido para el diminuto. Y una vez más puede verla al otro lado de la pared invisible de forma esférica. Él pega sus manos al cristal, contemplando a la vieja mientas la música transcurre. No hay tiempo, sólo instantes que se vuelven eternos. La música hace sonar aquellas notas que él reconoce, sabe que la mujer está por sonreír. Dos segundos después la mujer sonríe. El corazón del diminuto brinca, anhela estar con ella y sonreír a su lado. Ella no lo sabe. La música llega a sus últimas notas. La mano gira la manivela cada vez más lento. La música ha terminado. La vieja vuelve a sonreír. Esta vez el diminuto no lo hace, sabe que el tiempo no tarda en volver a existir para él. La nieve ha dejado de subir, ahora sólo cae para estancarse en su sitio hasta el nuevo día. El cielo se vuelve estrecho. La mujer ha cerrado la caja otra vez.

     En algún lugar hay una antigua caja de música; dentro de la caja hay una esfera donde la nieve sólo cae para volver a elevarse sobre el techo de una casita; dentro de la casita habita un hombre. Un hombre que está a la espera de una mano que haga girar una vez más la manivela, que la noche se vuelva día de nuevo, que la nieve se eleve y la música inunde el espacio, pero sobre todo, un hombre diminuto dentro de una caja de música que espera, como todos los días, poder ver de nuevo a aquella vieja que sonríe del otro lado del cristal cada vez que la música suena.

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