Ver una fotografía. Cientos de pequeños haces de luz viajan a travez del espacio entre el papel y nuestros ojos, siendo captados por los bastones y los canes convirtiéndolos en impulsos eléctricos que viajan por el nervio óptico hasta llegar a nuestro cerebro donde millones de neuronas son activadas en un orden específico y dan como resultado un recuerdo que libera endorfinas por todo nuestro cuerpo.
Por otro lado, ver una fotografía revive un momento del pasado: uno bueno, uno malo, uno alegre, uno triste, uno que te enorgullece, otro que te gustaría que nunca hubiera ocurrido. Pero sea cual sea siempre será una sensación agradable por que cada uno forma una parte de nuestro pasado. Es una alegría involuntaria al cagarte de risa por recordar lo que te pasó hace tres años con tu mejor amigo, o llorar por ver en la imagen a esa persona que ya no está entre nosotros.
Y cuando esto sucede (cuando el momento es traído a la vida nuevamente) en algunas veces te das cuenta de lo mucho que ha cambiado tu vida desde entonces. Es aquí donde la magia (o al menos una de ella) comienza.
Es como regresar ocho capítulos en la novela que estás leyendo por que no te acuerdas muy bien de un detalle que se menciona en la parte donde actualmente vas, y es necesario releerlo para entenderlo mejor. Te acuerdas de cuando leíste ese capítulo: dónde estabas, de dónde venías, qué hora era y lo que sentiste al leerlo. Pero sobre todo te das cuenta de todo lo que avanzaste inconscientemente al cambiar página por página y capítulo por capítulo.
Algunas cosas que salen en las fotos todavía están. Otras, no más. Incluso unas ni las recuerdas, pero algo tuvieron que ver contigo, porque de otro modo, no estarías sonriendo como lo haces en la foto. Cada una de ellas tiene un significado específico, ya que, de no ser así, la fotografía no existiría.
En esta etapa de mi vida he tomado y me han tomado muchas fotos, y no puedo evitar pensar qué sentiré al verlas dentro de cinco o diez años. ¿Quién estará todavía en mi vida? ¿Quién ya no? ¿Dónde estaré para ese entonces? ¿Dónde estará la persona que sale junto a mí? ¿Qué habrá sido de su vida? ¿Me recordará a caso? No me importa, yo la recuerdo a ella.
La vida es algo inceíble: nunca sabes cuándo darás vuelta a la página y descubras que el capítulo ya acabó y es hora de iniciar uno nuevo y al hacerlo, lo harás con todo lo que los momentos anteriores han dejado en tí. Todo se resume a la sinergía que todo esto conlleva. Se trata de algo infinito. Somos la suma de todos los momentos pasados, y cuando no sepamos el por qué de algo, siempre habrá una fotografía que mirar, que nos haga recordar por qué estamos donde estamos, y por qué nuestra vida es como es.
Por otro lado, ver una fotografía revive un momento del pasado: uno bueno, uno malo, uno alegre, uno triste, uno que te enorgullece, otro que te gustaría que nunca hubiera ocurrido. Pero sea cual sea siempre será una sensación agradable por que cada uno forma una parte de nuestro pasado. Es una alegría involuntaria al cagarte de risa por recordar lo que te pasó hace tres años con tu mejor amigo, o llorar por ver en la imagen a esa persona que ya no está entre nosotros.
Y cuando esto sucede (cuando el momento es traído a la vida nuevamente) en algunas veces te das cuenta de lo mucho que ha cambiado tu vida desde entonces. Es aquí donde la magia (o al menos una de ella) comienza.
Es como regresar ocho capítulos en la novela que estás leyendo por que no te acuerdas muy bien de un detalle que se menciona en la parte donde actualmente vas, y es necesario releerlo para entenderlo mejor. Te acuerdas de cuando leíste ese capítulo: dónde estabas, de dónde venías, qué hora era y lo que sentiste al leerlo. Pero sobre todo te das cuenta de todo lo que avanzaste inconscientemente al cambiar página por página y capítulo por capítulo.
Algunas cosas que salen en las fotos todavía están. Otras, no más. Incluso unas ni las recuerdas, pero algo tuvieron que ver contigo, porque de otro modo, no estarías sonriendo como lo haces en la foto. Cada una de ellas tiene un significado específico, ya que, de no ser así, la fotografía no existiría.
En esta etapa de mi vida he tomado y me han tomado muchas fotos, y no puedo evitar pensar qué sentiré al verlas dentro de cinco o diez años. ¿Quién estará todavía en mi vida? ¿Quién ya no? ¿Dónde estaré para ese entonces? ¿Dónde estará la persona que sale junto a mí? ¿Qué habrá sido de su vida? ¿Me recordará a caso? No me importa, yo la recuerdo a ella.
La vida es algo inceíble: nunca sabes cuándo darás vuelta a la página y descubras que el capítulo ya acabó y es hora de iniciar uno nuevo y al hacerlo, lo harás con todo lo que los momentos anteriores han dejado en tí. Todo se resume a la sinergía que todo esto conlleva. Se trata de algo infinito. Somos la suma de todos los momentos pasados, y cuando no sepamos el por qué de algo, siempre habrá una fotografía que mirar, que nos haga recordar por qué estamos donde estamos, y por qué nuestra vida es como es.
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