-Hoy no estoy de humor. No quiero que me digas eso que ya sé, simplemente no quiero digerirlo hoy.
-E, ¡contrólate! sé por lo que estás pasando.
Esa tarde E le había experimentado algo extraño durante el día, algo que le hizo encender esa mecha que ya tenía rato esperando ser quemada. Le tomó un odio a algo. No sabía a qué era, sólo sabía que lo sentía y buscaba una forma de expresarlo. Aventando cosas a la pared, como de costumbre, o abollando la puerta de madera con sus nudillos.
-Ya estoy harto de todo, ¡eso es! Sí, eso es. Es que, R, dime, ¿para qué me quedo aquí? No estoy haciendo lo que quiero, sólo me estoy reprimiendo. Lo que quiero se encuentra allá afuera, ¡y es tan fácil alcanzarlo! ¿Cómo es posible que no puedas entender eso? ¡Tú me conoces perfectamente! No trates de reprimirme aquí.
Incluso hubo un momento en que R tuvo que sujetarlo de los brazos para que la situación no se saliera de control. E decía que su vida apestaba. Simplemente había tenido un mal día.
El cuarto estaba un poco desordenado, pero no demasiado; no algo que tardaría más de unos meses y un par de experiencias en reordenar. A la guitarra aún le hacía falta la quinta cuerda, esa que se estrelló en la mano izquierda de E, dejándole una línea roja a lo largo.
-¿Y qué quieres hacer E? ¿mandar todo al carajo?
-¡Eso! ¡Eso es exactamente lo que quiero! mandar todo al carajo, todo. Mis planes, mi hogar, mi hipoteca, mi trabajo, mis impuestos, ¡Todo!
-No digas estupideces.
R se volteó hacia E, en una actitud imperante que a cualquiera hubiera intimidado, excepto, claro a E. R sabía exactamente qué era lo que ocurría con E. Ya había ocurrido esto antes, sólo que no a esta magnitud. En otras ocasiones E se limitaba a hacer algún comentario al respecto.
-¿Estupideces? Estupidez es quedarme aquí, "esperando" como siempre me dices. ¡Eso sí es una estupidez!.
-¿Quieres irte? anda, lárgate. Pero luego no vengas hacia mí arrepentido. Relájate un poco -y sin que E se diera cuenta (de haberlo hecho lo habría evitado) R se acercó al stéreo, y puso esa canción que sabía que calmaría un poco a E- analízalo carajo. Ahorita estás estable y no te falta nada, al contrario, poco a poco estás creando más de lo que haces. Acuérdate de esa vez que hablaste con Z, yo estaba ahí, lo sabes, recuerda lo que dijiste "tal vez ahorita mi vida no es lo que quiero o espero, pero lo que es ahorita es para tener lo que quiero y espero de mi vida". Acuérdate de eso siempre.
E se sentó en la cama destendida. Pasó los dedos a través de su largo cabello. Se agarró por última vez la orilla de ambos ojos con los que limita la nariz. Levantó la mirada hacia R y expresó un "gracias" con una mueca informal.
-Ven E, cálmate. Mira, te compré una guitarra nueva.
-E, ¡contrólate! sé por lo que estás pasando.
Esa tarde E le había experimentado algo extraño durante el día, algo que le hizo encender esa mecha que ya tenía rato esperando ser quemada. Le tomó un odio a algo. No sabía a qué era, sólo sabía que lo sentía y buscaba una forma de expresarlo. Aventando cosas a la pared, como de costumbre, o abollando la puerta de madera con sus nudillos.
-Ya estoy harto de todo, ¡eso es! Sí, eso es. Es que, R, dime, ¿para qué me quedo aquí? No estoy haciendo lo que quiero, sólo me estoy reprimiendo. Lo que quiero se encuentra allá afuera, ¡y es tan fácil alcanzarlo! ¿Cómo es posible que no puedas entender eso? ¡Tú me conoces perfectamente! No trates de reprimirme aquí.
Incluso hubo un momento en que R tuvo que sujetarlo de los brazos para que la situación no se saliera de control. E decía que su vida apestaba. Simplemente había tenido un mal día.
El cuarto estaba un poco desordenado, pero no demasiado; no algo que tardaría más de unos meses y un par de experiencias en reordenar. A la guitarra aún le hacía falta la quinta cuerda, esa que se estrelló en la mano izquierda de E, dejándole una línea roja a lo largo.
-¿Y qué quieres hacer E? ¿mandar todo al carajo?
-¡Eso! ¡Eso es exactamente lo que quiero! mandar todo al carajo, todo. Mis planes, mi hogar, mi hipoteca, mi trabajo, mis impuestos, ¡Todo!
-No digas estupideces.
R se volteó hacia E, en una actitud imperante que a cualquiera hubiera intimidado, excepto, claro a E. R sabía exactamente qué era lo que ocurría con E. Ya había ocurrido esto antes, sólo que no a esta magnitud. En otras ocasiones E se limitaba a hacer algún comentario al respecto.
-¿Estupideces? Estupidez es quedarme aquí, "esperando" como siempre me dices. ¡Eso sí es una estupidez!.
-¿Quieres irte? anda, lárgate. Pero luego no vengas hacia mí arrepentido. Relájate un poco -y sin que E se diera cuenta (de haberlo hecho lo habría evitado) R se acercó al stéreo, y puso esa canción que sabía que calmaría un poco a E- analízalo carajo. Ahorita estás estable y no te falta nada, al contrario, poco a poco estás creando más de lo que haces. Acuérdate de esa vez que hablaste con Z, yo estaba ahí, lo sabes, recuerda lo que dijiste "tal vez ahorita mi vida no es lo que quiero o espero, pero lo que es ahorita es para tener lo que quiero y espero de mi vida". Acuérdate de eso siempre.
E se sentó en la cama destendida. Pasó los dedos a través de su largo cabello. Se agarró por última vez la orilla de ambos ojos con los que limita la nariz. Levantó la mirada hacia R y expresó un "gracias" con una mueca informal.
-Ven E, cálmate. Mira, te compré una guitarra nueva.
No hay comentarios:
Publicar un comentario