miércoles, 15 de febrero de 2012

Año Nuevo en Febrero

No suelo ser muy entusiasta con la temáticas de los años nuevos. Cada que se acerca la fecha y toca ir a celebrar con la familia, en realidad me siento algo apático, porque es en año nuevo cuando recuerdas todo aquello que quisiste olvidar el resto del año. La gente se llena de esperanzas fundamentadas en débiles conclusiones de vida, de modo que los propósitos de año nuevo terminan siendo pretextos para dejarse llevar por aquello que detestan de sí mismos durante lo que queda el año que está por terminar. Todo está muy predispuesto: año con año vemos las mismas celebraciones, las mismas tradiciones; año con año se desempolva ese viejo libro del cual se escogen varios versículos de un capítulo para leerlos antes del último brindis del año. En lo que a mí concierne, el día último, salvo por las reuniones familiares y el aire vacacional, transcurre como un día cualquiera.

Es por eso que en mis veintiún treinta y unos, jamás me he dedicado algún tiempo a escribir una lista de propósitos, o a recapacitar sobre lo bueno y malo que obtuve, ni a agradecer a mis seres queridos por compartir un año más de sus vidas conmigo. A fin de cuentas, si lo piensas un poco, cada día del año es un año nuevo. Es por eso que yo no divido mi vida en años como muchos suelen hacer como método para recordar viejas anécdotas ubicándolos en un punto de la escala del tiempo. Mis capítulos no duran 365 páginas cada uno, yo mi vida la divido en las etapas, en cambios de perspectiva, en madurez, en cambiar un hábito por otro, en encontrar nuevas pasiones, en enterrar viejos recuerdos. Mi vida la divido en aquellos cambios en mi percepción lo suficientemente grandes como para alterar mi concepción de lo que es la vida y el Universo y cómo llevarlos a cabo, porque para mí, un tatuaje comienza no cuando la aguja inyecta su tinta en tu piel, sino cuando decides que tu piel es el lienzo perfecto para llevar a cabo una obra de arte.

Sin embargo, esta vez ha coincidido. Todo comenzó con un distanciamiento temporal entre una Edith y yo, a mediados del otoño de año pasado. Fue más o menos también por esas fechas que decidí hablarle por primera vez a esta chica, Fernanda, una cajera que me gustaba, una persona por la que francamente después de conocer un poco, dejé de sentir el mínimo interés por conocer ya que siento que no tiene nada valioso que aportar a mi vida (Fernanda, si estás leyendo esto, lo siento, no es nada personal, te sigo respetando como persona), pero siento que el conocerla, o mejor dicho, la manera en que la conocí, contribuyó al preludio de lo que en estas letras quiero plasmar. Luego se le sumó un viaje a Monterrey en enero, en el que viví, si no en la miseria, sí bastante cerca de ella, lo cual me ayudó a rencontrarme conmigo mismo. Aparte fue ahí donde conocí a Minerva, una vidente que aseguró algunas cosas de mi futuro próximo. Y por último, aquella vez que Juan, de quien no había sabido nada en un par de años, de pronto me invitó a cenar hace unas tres semanas con unas amigas suyas, y así, sin más, personas extraordinarias comenzaron a entrar a mi vida.

Y digo que esta vez se trata de una coincidencia, una temporal, ya que, justo comenzando el año es que siento por concluido ese período de transición entre una etapa y otra. Me siento una persona distinta hoy de lo que fui hace unos meses, de aquella persona que fui durante aproximadamente cinco años, desde que decidí que no necesitaba de nadie para llevar una vida plena. Y aunque sigo firme en esa ideología, llegué a un punto en el que decidí que era necesario ponerle un límite a su desarrollo ya que puede resultar peligroso, puesto que, leyendo Ecce Homo, llegué a sentirme sumamente identificado con el autor, aquél filósofo narcisista, ególatra del siglo antepasado cuya demencia lo llevó a la soledad y enclaustramiento de un departamento de Alemania los últimos años de su vida.

So, aquí me encuentro hoy escribiendo esto, a mes y medio de comenzar este año y a cuatro días de cumplir veintidós, celebrando mi propio “año nuevo”, mi propio nuevo comienzo y muy a mi manera, cambiando los propósitos por actitudes, sin doce uvas (o lo que sea que se supone que éstas representen), sin ninguna oración ni brindis mas que aquello que dejo en este texto, a manera de epitafio de aquello que fui, a manera de punto de partida de aquello que pienso ser.

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