Escrito a las 03:51 p.m.
Hoy, el día comenzó con la misma oscuridad y silencio con los que terminó el día anterior. A veces pienso que esto es una indispensable cualidad de los ciclos para evitar la monotonía, aunque en éste caso, la similitud fue exceptuada por las gotas que rociaron la jungla de asfalto algo antes de que apareciera su némesis astral y las evaporace horas más tarde. Sin embargo, hay que continuar desde donde nos quedamos, ni más ni menos. Los deberes habían vuelto: la universidad, el discurso retórico para volver legal algo ilegal, la espera del autobús, el soportar a la gente indeseable, el extrañar a la gente deseada. En fin, todo lo malditamente mundano. Y en esos casos la cafeína parece ser lo mejor en las últimas horas de la madrugada, y en éste caso lo fue, al menos por varias horas hasta que la provisión se agotó en mi sistema, reclamándome con párpados cada vez más pesados y un agudo dolor gastronómico. Lo último no lo pude remediar sino hasta hace unos minutos, de nuevo en la comodidad de mi despacho con los pies sobre la mesa, la espalda en una posición quiroprácticamente fatal pero hedónicamente perfecta, y unas manchas y boronas sobre la camisa que aderezaron el contexto culinario. Maldita hambre. Y ¿al rato qué? solo más obligaciónes: ir a aquí, ir a allá, terminar aquello, empezar lo nuevo. Pero así lo he decidido. Un día difícil solo significa una cosa: una semana difícil. Así tenía que ser, a fin de cuentas, apenas es Lunes.
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