miércoles, 12 de agosto de 2009

La coartada perfecta

Llegas y te sientas a la mesa. Jugueteas un poco con la servilleta a modo de ganar tiempo para comprobar si éste era uno de ésos lugares donde suelen colocarla en las piernas. Asimismo, tratas de encontrar una razón lógica para ésto, la que sea, cualquiera será mejor que "por que hace 500 años un virrey de Francia así lo quiso". Te das cuenta que la opción más absurda es la más apta para una situación absurda. Por un momento la ocasión te recuerda a ésa conferencia a la que asististe donde un tipo con acento español que hablaba de filosofía, entre sus temas principales, estaba el Ockhamismo, pero no llegas muy lejos. El pobre fraile se estaría revolcando en su tubma de saber lo que estuviste a punto de vacilar.

Volteas a ver el buffete del Domingo, cuya descripción hecha por alguien que no tenía ganas de responder a la pregunta "¿qué tal está?" sería "pues hay de todo un poco...". Indeciso, agarras un plato y caminas hacia la comida con la misma seguridad que un niño por el pasillo de una Iglesia durante su Primera Comunión. Empiezas a curiosear entre el arte culinaria como un novato que ignora las obras del Museo de Louvre, y no es hasta que ves un simple filete empanizado que te sientes como si el novato se topase con la obra de Da'Vinci y exclamara para hacer pasar desapercibida su ignorancia, pero con cierta seguridad en si mismo "Ahhh... la Mona Lisa...".

¿Qué te pasa? ¿Estás incómodo? ¿Ésto es muy distinto a comer solo en tu casa como siempre verdad, a pesar de que las otras tres sillas de tu mesa están también desocupadas?
Sabías que así sería, sin embargo tu adicción a la comida japonesa te hiso acceder a la recomendación de la televisora local. Se dice que aquí se sirven los mejores rollos de sushi de la ciudad. De hecho son tan exclusivos que solo se sirven los Domingos de 2 a 3 de la tarde. Con un poco de ayuda de la mala suerte descubres que tu reloj marca las 2:53, lo que significa que ya no se servirán más raciones. Tu plan de disimulación de quince minutos se vio saboteado por ésos malditos filetes empanizados. Te levantas de inmediato de la mesa ignorando que la servilleta se ha caído de tus piernas. Te diriges a la charola y alcanzas a distinguir cuatro o cinco rollos todavía. Alguien se atraviesa en tu camino, y al quitarlo de tu vista con un empujón involuntario ves a ésa pequeña siendo convencida por su madre de que pruebe esos misteriosos medallones blancos. Para ella, éso no era más que un asqueroso embutido de pescado crudo envuelto en arroz. Sin embargo, sobornada fácilmente por su madre, la niña accede a probar algo nuevo en su comida. Qué malo es que su madre conozca tan bien a su hija que esté tan segura de que le gustará la comida que vació en su plato los últimos ejemplares del mejor sushi de la ciudad. "Maldita sea" internas. Das media vuelta y te refugias en el filete empanizado. No te queda más que pensar que será el próximo Domingo. Necesitas actuar con urgencia. No puedes parar hasta que descubras por qué ya no va gente a tu local los Domingos desde que Yroito llegó a la ciudad. ¿Qué hace él que tú no?

Hace los mejores rollos de sushi de la ciudad. Tú, ya no.

No hay comentarios:

Publicar un comentario