Eran como las 6:45 de la mañana y como suele pasar de Lunes a Jueves a ésa hora, estaba en la ruta que menos me gusta de las dos que tengo en el colectivo para llegar a la universidad. Se trata de algo aleatorio, no depende de mí cuál de los dos autobuses pasará primero. Ésta ocasión no fue tan divertida (sí, es divertida, déjenme ser optimista) como las demás ya que justo subiendo el paso a desnivel que se encuentra frente al aeropuerto, unos rechinidos alarmantes hicieron retorcer mi interior, física y emocionalmente. Hubiera sido mejor que se tratara de las balatas del autobus, o de un ruido extraño causado por el moviniento extraño de un avión extraño que se aproxima a su aterrizaje. Pero no, se trataba de mis audífonos (Paco y Lola, para quienes no tuvieron el gusto de conocerlos). Eran como las 6:45 de la mañana, y como suele pasar después de tanto tiempo de uso, las cosas se acabaron para ellos. Y también para mí, al menos parcialmente, ya que el universo no se disfruta de igual manera sin música en tus oídos. Pero la vida sigue, y aún tengo otros amigos: está Laura, mi armónica, y por supuesto, mi piano, a quien me resulta imposible asignar un nombre ya que no existe uno lo sificientemente hermoso como para que lo describa en su totalidad. Pero sí, la vida sigue, aunque con unos amigos menos que ayer. En fin, supongo que éso me saco por comprar cosas en el "macalito". Que, por cierto, ¿será "mc'allito" para satirizar la famosa ciudad americana de la frontera?

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