Todos tenemos alguno o varios recuerdos de nuestra infancia. Unos son casi películas en los que toda la escena muestra hasta el más mínimo detalle. Otros, más bien, son como meras imágenes carentes de estructura, semejantes a un sueño, pero que a fin de cuentas nos tratan de decir algo. Uno de esos recuerdos para mí es el ir de pesca a la playa. Eran momentos increíbles donde pasaba de todo, desde mandar gorras y platos desechables hacia un papalote en pleno vuelo a través de la cuerda con la que lo sosteníamos, hasta la carne asada con sabor a chapopote gracias a que J la confundió una piedra normal, la cual usaríamos para sostener la parrilla del asador. ¿Y cómo olvidar las historias del Dedo Tripa del abuelo y las eternas excursiones por el litoral en busca de extraños e invaluables tesoros? Habrán sido 30 las veces que fuimos a pasar la noche en Miramar o Altamira, cada una de ellas, una experiencia única. La última de ellas habrá sido hace más de 5 años, y no se veían intenciones de una trigésimo primera ocasión.
Resulta que estaba equivocado.
Fue un fin de semana como ningún otro: volver cargar las cosas a la camioneta y obviamente olvidar algo y no darte cuenta de ello hasta llegar al destino; percibir de nuevo ese olor rancio a carnada que da una sensación de estar en casa. Tan solo revivir cada uno de los detalles grabados en mi mente como marcas permanentes de episodios de mi vida me hizo sentir como si tuviera en mis manos la versión moderna de mi clásico de cine favorito en el que, a pesar de saberme cada diálogo, el entusiasmo era indescriptible.
Solo que ahora no hubo historias de terror, ni papalotes, ni excursiones. En vez de éso, hubo reflexiones. No sé a qué se debió, pero supongo que fue el hecho de percibir el ecosistema ya no como un niño que muere por jugar, sino como un tipo que muere por vivir su vida. El hecho de estar a las 4 de la mañana bajo un campo infinito de estrellas; el sentir la arena húmeda en los pies desnudos; el no escuchar nada más que el sonido del mar, y no ver nada más que lo que la Luna desea que veas te hace tener una perspectiva de quién eres en realidad de tu rol en el Universo. Normalmente uno se siente como una persona más que paga su comida y sus necesidades con la intención de impulsar la economía de un mundo súmamente complejo manejado por el dinero y lo artificial, pero el vivir una experiencia como ésta y pasar tiempo tan cerca de la naturaleza te hace ver que todo lo que vives cotidianamente vale madre, que hay mucho más allá de lo que ves todos los días al pasar por avenida con luces en el camellón. Te hace ver lo pequeño que eres en realidad, y al mismo tiempo, lo importante que eres al existir. Te hace ver que eres parte de un sistema más complejo lleno de vida, naturaleza y cosas inexplicables. Te das cuenta de que todo el dinero que llegues a lograr en tu vida no significan nada. Te hace ver que eres parte del Universo, y que el Universo es parte de tí. Te das cuenta que el Universo es algo súmamente grande, complejo, vasto, pequeño, inexplicable, sinérgico, equilibrado, perfecto y que de alguna u otra forma, tú eres parte de todo éso. Éso es algo que te hace sonreir.
Resulta que estaba equivocado.
Fue un fin de semana como ningún otro: volver cargar las cosas a la camioneta y obviamente olvidar algo y no darte cuenta de ello hasta llegar al destino; percibir de nuevo ese olor rancio a carnada que da una sensación de estar en casa. Tan solo revivir cada uno de los detalles grabados en mi mente como marcas permanentes de episodios de mi vida me hizo sentir como si tuviera en mis manos la versión moderna de mi clásico de cine favorito en el que, a pesar de saberme cada diálogo, el entusiasmo era indescriptible.
Solo que ahora no hubo historias de terror, ni papalotes, ni excursiones. En vez de éso, hubo reflexiones. No sé a qué se debió, pero supongo que fue el hecho de percibir el ecosistema ya no como un niño que muere por jugar, sino como un tipo que muere por vivir su vida. El hecho de estar a las 4 de la mañana bajo un campo infinito de estrellas; el sentir la arena húmeda en los pies desnudos; el no escuchar nada más que el sonido del mar, y no ver nada más que lo que la Luna desea que veas te hace tener una perspectiva de quién eres en realidad de tu rol en el Universo. Normalmente uno se siente como una persona más que paga su comida y sus necesidades con la intención de impulsar la economía de un mundo súmamente complejo manejado por el dinero y lo artificial, pero el vivir una experiencia como ésta y pasar tiempo tan cerca de la naturaleza te hace ver que todo lo que vives cotidianamente vale madre, que hay mucho más allá de lo que ves todos los días al pasar por avenida con luces en el camellón. Te hace ver lo pequeño que eres en realidad, y al mismo tiempo, lo importante que eres al existir. Te hace ver que eres parte de un sistema más complejo lleno de vida, naturaleza y cosas inexplicables. Te das cuenta de que todo el dinero que llegues a lograr en tu vida no significan nada. Te hace ver que eres parte del Universo, y que el Universo es parte de tí. Te das cuenta que el Universo es algo súmamente grande, complejo, vasto, pequeño, inexplicable, sinérgico, equilibrado, perfecto y que de alguna u otra forma, tú eres parte de todo éso. Éso es algo que te hace sonreir.
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